Triángulo y círculo

martes 20 de octubre de 2009

Llueve y recuerdo. Llueve ahí fuera y yo recuerdo aquí dentro, al abrigo y en mí. En tres años tres casas, tres lugares de trabajo, tres grupos de compañeros. Cortegana, Pruna, Alosno. Un triángulo de nombres similar a cualquier otro. Tres vidas, tres destinos tomados primero y luego abandonados, tres posibilidades que apenas se cumplieron. Tres posibilidades de muerte y olvido. Tres vidas vividas porque otros me las prestaron.

En la mesa, un teclado y Nietzsche. Mi mente divaga, lejos del libro y de la lluvia. Recorro los otros dos lados del triángulo, alcanzo con la memoria los otros vértices, allá lejos en los recuerdos de la vida que tuve. No alcanzo ninguno de los centros del triángulo. Algún día tendrá infinitos vértices y, entonces, se habrá cerrado el círculo. Habré muerto. Geométricamente hablando, claro.

Cualquier tiempo pasado

lunes 19 de octubre de 2009

Tras largos meses de perplejidad y afasia, debatiéndome entre la supervivencia y la agonía, alumbro la siguiente observación, cuya simpleza y luminosidad amenaza con destrozar la serena profundidad de los versos de Jorge Manrique:

Cualquier tiempo pasado no fue mejor, sino sólo anterior.
Tras este ingente esfuerzo, regreso a mi silencio. Hasta dentro de tres meses.

La grandez de mis virtudes

viernes 14 de agosto de 2009

Qué extraña la voluntad de los niños, manifestándose en toda su ingenuidad y con toda su crudeza. Así actuaba el corazón humano cuando actuaba con libertad absoluta, en personas que no podían ser juzgadas ni castigadas. Una amenaza ejecutada por un niño no era una amenaza, una agresión cometida por un niño no era una agresión, el abuso perpetrado por un niño no era abuso. Un acto consciente y voluntario no resultaba punible si lo realizaba un niño, los mismos niños crueles y ruines que sometían, vejaban, maltrataban, despreciaban, acosaban, torturaban a sus compañeros en la escuela, a la puerta de los servicios, en los rellanos de la escaleras, en algún rincón de los pasillos, los mismos niños abyectos y alevosos que crecían y se convertían en adultos llevando en el corazón idéntica crueldad, idéntica ruindad, la misma abyección, la misma alevosía. Yo conocía la inimputabilidad, la intrascendencia de mis actos cuando de niño le rompí la nariz de un puñetazo a un compañero que me había quitado la pelota, cuando destrocé con un golpe el ojo de alguien que me azotaba con una vara, cuando pellizcaba entre los muslos a las alumnas que me gustaban. Ahora, años después, comprendía que en mi pecho almacenaba la misma agresividad, igual violencia, idéntica lujuria, solo que ahora la ejercía con disimulo, con cierta prudencia. El tiempo me había enseñado refinamiento y toda la grandeza de mis virtudes.

El nenúfar y la esclavitud

martes 11 de agosto de 2009

Hoy quiero exonerar mi vientre encima de la novela negra y de la novela policiaca, encima de ambas conjuntamente. Así que, me cago en la novela negra y en la novela policiaca conjuntamente. Que nadie comente que, por ejemplo, Borges era un escritor de relatos policiacos, porque un relato de Borges y un relato policiaco se parecen tanto como yo me parezco a un nenúfar. Estoy cansado, es más, estoy hastiado de oír hablar de libros cuyo motor es la averiguación de quién ha matado a quién, o de quién está matando a quiénes, de que la llamada literatura sea una acumulación de cadáveres y sus protagonistas hatajos de idiotas metidos a detectives. A la mierda con las novelas de caballerías del siglo XX y del siglo XXI.

* * *

Las personas no solo tienen miedo a la libertad, las personas además odian la libertad, no comprenden lo que es, no la quieren. Las personas quieren que les digan lo que tienen que hacer, lo que tienen que comer, lo que tienen que ponerse, lo que tienen que oír, pensar, decir. Las personas solo quieren la libertad para ni siquiera tener que elegir sus propias esclavitudes.

El burro y la bocina

martes 14 de julio de 2009

Hace unos días he confirmado algo que ya sabía: que la etimología de bocina y la etimología de rebuznar son idénticas. Basta con salir a la calle, a cualquier hora, para ver el mundo lleno de asnos que caminan a dos y a cuatro ruedas. A veces se rebuznan entre ellos al reconocerse; otras, se increpan con inmisericordes rebuznos; rebuznan también a los paseantes y rebuznan por placer porque los burros no saben más que rebuznar. Hay infinitos y son más cada vez, crecen y no paran de rebuznar. El ser humano fue creado estúpido y se dio a sí mismo la bocina para demostrarlo.